Necesitamos la ciencia del corazón

Necesitamos la ciencia del corazón para poder vivir en la luz como seres de luz. Necesitamos un instante, un momento que no llegamos a tener nunca, para poder decir aquello que no hemos podido decir, para realizar aquello por lo que estamos siendo creados.

La ciencia del corazón exige pocos requisitos, pero son éstos un tanto arduos de cumplir por la naturaleza de las virtudes que implican.

El primer requisito es una intención pura, sujeta sólo a la luz de los hechos, sean éstos percibidos, soñados, recordados e/o imaginados. La intención pura unida a la sinceridad proyecta un sentido real en nuestra existencia, porque nos sentimos a nosotros mismos integralmente y no sólo como un conjunto de imágenes y procesos mentales llenos de capítulos y anécdotas pero vacíos de toda realidad.

La ciencia del corazón es la más humana de todas las ciencias porque es la ciencia de lo sagrado y del secreto, el conocimiento de la intimidad del yo y la que expresa y posibilita la más humana conciencia de Dios, de Su Realidad y Unicidad.

Es ciencia de lo sagrado porque en el corazón humano late la trascendencia como un eco de lo divino, vibra la realidad aniquilando cualquier razón, cualquier pensamiento, o alentándolo en la imaginación entretejida con la respiración, o suspirando en una biografía.

Es ciencia del secreto, porque aunque quisiera el corazón que aquél se revelase, sabe con esa ciencia suya que si se revelase moriría, porque es el conocimiento del secreto lo que sostiene sus latidos.

Es conocimiento de la intimidad del yo, porque éste sólo se reconoce a sí mismo en toda su integridad cuando siente y se piensa como una conciencia que se siente y se piensa. No podría vivir su integridad pensándose y sintiéndose sólo como pensamiento o sólo como latido.

Por eso provee al ser humano de la conciencia de Dios, porque la conciencia que nace del corazón nace del lugar donde se produce la revelación, la fuente de la que mana el sentido, el agua que riega el jardín de nuestra más limpia percepción.

Para aprender esta ciencia del corazón es necesario primero purificarlo, librarlo de todas las congojas que nuestra mente ha ido depositando en él, enjuagarlo de cualquier idolatría, de todas las penas y pasiones, anhelos y temores, demonios y venenos, protegerlo de la mala intención, del orgullo, de la insinceridad y de la hipocresía, que son sus más mortales tóxicos, fortalecerlo con la sonrisa y la cortesía y sobre todo prodigarlo a diestro y siniestro, porque no se agota nunca y renueva y acrecienta constantemente sus latidos.

El corazón se purifica cuando se somete a la realidad, cuando late sometiéndose a la realidad, cuando no contradice a la palabra, cuando se entrega a la conciencia del nacimiento y de la muerte.

El corazón nos habla desde una profundidad, provee de luz a nuestra garganta en la que resuenan las vibraciones de la raíz de nuestra lengua. El corazón es como un trono donde se asienta la palabra, donde se templa el pensamiento y se aquilata.

La ciencia del corazón no se aprende como una disciplina del conocimiento que uno inicia cuando y como quiere, sino que es el corazón el que decide revelar su propia ciencia y hace que la mente pueda expresar la luz de la imaginación creadora, repartir el tesoro escondido a su alrededor.

La ciencia del corazón es un conocimiento secreto que provee a quien la conoce de la capacidad de iluminar todo el universo de las cosas creadas en toda su extensión. No está sujeta a las limitaciones del espacio ni del tiempo, sino tan sólo a la capacidad de expandir la conciencia.

(Hashim Cabrera / Taller de Arte y Conciencia, 8 de octubre del 2012. Almodovar del Rio)