CIUDAD

Siempre se me resistía el secreto de alguna de sus mil esquinas. Yo había buscado por su cuerpo blanco la última palabra gozosa que la definiera, simple y completa, a mi deseo. Yo había buscado la sombra final, con oros de sol quietos sobre cubos de albahacas, que guardase el secreto de sus luces, o la fuga de sus calles retorcidas, allá en el horizonte de sus barrios del cielo, por si en ella la gitanería daba, en gozo y fiesta, más claro y más libre su secreto. Pero siempre mis manos y mis ojos vacíos. Yo lo esperaba en el ángulo de todas las horas; por la mañana, cuando el sol dejaba caer a las calles su lenta comba de oro espeso para que saltara el día; a la tarde, en esa transparencia de aire celeste que le daba la fugitiva corriente del río; en la noche, por si la sombra era más buena con la fuerte desnudez de su bello cuerpo misterioso (….)
Y la guardé bien con su secreto difícil, y -por New York, por Londres, por Alejandría- la llevo siempre, aqui, en el temblor de mi voz, hecha finura de dulce, memoria de calles y de torres, cruces y revueltas, tardes de geranios, perfume de patios o jardines, sobre el corazón, sobre los labios, mirándola constantemente en los cines interiores de mis ojos, blanca sobre el verdeoro de la tierra andaluza, mía ya, Sevilla, ciudad, concepto, gloria en mi voz, en mi risa, en mi sangre.

(Joaquín Romero Murube)