Érase la Navidad y nuestro Anhelo Cultivado

¡Qué anhelo tan sustancioso éste que nos Cultiva y nos impulsa a buscar el Paraíso en cada momento!

En el mes de diciembre, después de la cosecha de aceitunas, mientras los Olivos descansaban placidamente en su Andalucía natal, me dispuse para un nuevo vuelo. Rumbo al Mediterráneo. No sabía exactamente la razón de mi viaje ni lo que buscaba.

Por el camino se fueron uniendo viajeros y mi solitaria andadura se transformó en una expedición.

Una de esas noches cerradas nos adentramos en un extraño y no menos maravilloso bosque. Para entonces el número del grupo ascendía a siete, como el las Pléyades, que nos guiaban anunciando el solsticio. La oscuridad nos velaba el camino en tierra. Una estrella maestra para cada viajero: Maya, Celeno, Alcíone, Electra, Estérope, Táigete y Mérope, eran los nombres de las siete hermanas que por un rato dejaron al infante Dionisio para orientarnos en esta travesía cósmica.

Entregados a las celestes niñeras avanzábamos sin miedo. Su luz se esparcía en la inmensidad del cielo formando una cartografía perfecta. El recuerdo y cumplimiento de las tablas de navegación de Virgilio estimulaba nuestro paso hasta que algo fabuloso detuvo aquel alegre vaiven e hizo bajar a tierra nuestras cabezas.

Un hermosísimo Abeto atrapó nuestro dificultoso mirar. ¡Qué frutos tan insólitos colgaban de sus ramas! Uno de ellos tenía forma rectangular y en sus paredes de oro llevaba incrustado un par de rubíes que más bien parecían inmensos ojos de color púrpura. A través de ellos pudimos contemplar, uno a uno, los secretos del bosque y su Cultivo. Contentos como estábamos de tan profundo saber, no imaginábamos que aún nos quedaba lo mejor. El inaudito fruto se transformó en un manantial de zumo verde que brotaba generosamente y sobre el que, no sin cierto temor, pusimos los labios para atrevernos a probar.

¡Que dulce elixir!. De nuestras bocas comenzaron a brotar sabrosas letras en latín, palabras tan bien inspiradas que el mismísimo Horacio descendió de su ilustre trono, no sólo para disfrutar de la extravagancia del evento sino para anunciarnos el camino más apropiado de vuelta a Casa.

Nos dio siete pautas para salir del bosque que, conformados en círculo y alrededor de su ardiente presencia, enumeramos atentamente tres veces y sin distracción.

Justo cuando la lluvia se dejaba a caer emprendimos la marcha. Después de unas horas, casi intuyéndose la mañana, nos cruzamos con un misterioso cazador. Omar, presumía llamarse. Llevaba por presa una gacela, y una rama de olivo clavada en medio del pecho. ¡Qué curiosidad nos produjo su sonreída herida! Apenas nos contó que durante una noche serena y mientras escuchaba sin resguardo el cantar de los vientos, fue herido de Amor por una paloma.

Se hizo de día y seguimos caminando. Acompañados por el corazón pulsante del cazador y alentados por Horacio, presenciamos tres veces el nacer del Arcoriris, a la par que el bosque iba transformándose en un bello y cultivado Jardín. Llegamos a la puerta de una Casa. Era de color verde claro, y tenía dos ventanas y un antiguo letrero donde podía leerse su nombre.

Habíamos llegado a Can Dionis.

Abrimos la puerta y Fue Navidad

Fruto de la Navidad

 

Colorín colorado y como el Cuento no se ha acabado Atrévete tú ahora a degustar este exótico y cultivado fruto sin olvidar los consejos Bien Inspirados de los clásicos. “Si incipies, perfecte incipe”